Es duro reconocer una evidencia acre, de nada sirve ya llamarse a engaño: Islam y democracia son incompatibles
Tomás Cuesta
Día 19/10/2010
«La tolerancia» -escribe Voltaire- «no ha provocado jamás una guerra civil; la intolerancias ha cubierto la tierra de matanzas».
No es algo que caiga milagrosamente del cielo, desde luego, la tolerancia ha sido el fruto de una sociedad específica, la sociedad cristiana europea. Y ha llevado siglos de esfuerzo y no poca tragedia el consolidarla.
Angela Merkel acaba de formular anteayer su propio manifiesto en defensa de la tolerancia. Frente al riesgo más alto al cual debe abrir los ojos hoy Europa: que no toda religión es compatible con la democracia. Que, para que una religión sea democráticamente integrable, se requiere que esa religión acepte la autonomía de las leyes que definen el Estado.
Una religión que rechace las normas de juego vigentes para el resto de los ciudadanos y que juzgue blasfema incluso la legitimidad del Estado para legislar, no es una religión que pueda coexistir con la libertad.
Y no hay doble obediencia: los musulmanes que anteponen la sharía a la Constitución están fuera de la ley. En Alemania, por supuesto. Pero igual en toda Europa.
Porque hace ya medio siglo que Europa juega a no ver la paradoja que hoy está en la raya de aniquilarla. En Alemania, como en la práctica totalidad de los países de la UE, las comunidades musulmanas viven fuera de la norma a la cual deben atenerse el resto de los ciudadanos; son pequeños Estados teocráticos dentro del Estado democrático, ghettos en los cuales ni la universal igualdad ciudadana existe ni el concepto mismo de la nación a la cual se parasita tiene otra consideración que el de una herética aberración contra lo que el Corán manda.
Es hora, dice Merkel, de formular lo que todos sabemos, lo que todos nos decimos en voz baja: que «el modelo de emigración musulmana en Europa ha fracasado». Que ha generado la mayor descomposición de los valores democráticos que haya conocido el último medio siglo, incluida una regresión en la plenitud de derecho para las mujeres que nos hubiera parecido inimaginable hace no demasiados años.
No hay «multiculturalismo» que pueda coexistir con la cultura de las libertades democráticas.
Es duro reconocer una evidencia acre, mas de nada sirve ya llamarse a engaño : Islam y democracia son incompatibles.
Y si “al margen de lo que cada cual crea de tejas hacia abajo” «nos sentimos ligados a los valores cristianos», es porque sobre ellos ha sido construida la única sociedad libre e igualitaria de la historia. «Aquel que no los acepte, está de sobra», ha remachado la canciller germana. Bueno es saberlo, pues, de no ser así, habría que aceptar que nosotros sobramos.
El «multiculturalismo» ha sido la última ideología de suplencia, tras el derrumbe de los totalitarismos de matriz soviética al final del siglo XX. Dota a sus fervientes de esa exquisita conciencia de culpa en la cual parece hallarse el más puro placer masoquista de una izquierda europea que vio naufragar sus últimos delirios en 1989.
Europa quiere morir. Sueña con esos bárbaros que la sacaran del tedio y la redimirán de sus pecados. Que acabarán, al fin, con la dichosa tolerancia a favor de la cual hombres como Voltaire decidieron apostarlo todo.
Un todo que, hoy por hoy, se tambalea al borde la nada.
Las verdades de Merkel
20/Oct/2010
ABC (España); por Tomás Cuesta; 19/10/2010